La ansiedad es una experiencia humana, natural y universal. Todas las personas la sentimos en algún momento de nuestra vida. No es un fallo ni una debilidad, sino una respuesta automática del sistema nervioso cuya función principal es protegernos.
Desde la Teoría Polivagal, entendemos la ansiedad como una activación del sistema nervioso simpático, el sistema encargado de prepararnos para la acción cuando detecta peligro. Esta activación nos permite reaccionar con rapidez ante una amenaza, estar alertas, concentrarnos y responder eficazmente.
El problema no es la ansiedad en sí, sino cuando el sistema nervioso permanece activado de forma sostenida, incluso en contextos que no son realmente peligrosos. En estos casos, el cuerpo vive en un estado de alerta constante que termina generando malestar y agotamiento.
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Cuando esta activación se mantiene en el tiempo o aumenta en intensidad, puede transformarse en angustia, con síntomas físicos como taquicardia, sensación de ahogo, sudoración, mareo o temblores. En su expresión más intensa aparecen las crisis de ansiedad o ataques de pánico, experiencias muy desbordantes que el cuerpo vive como una amenaza extrema pero que en realidad se trata de nuestro sistema nervioso intentando descargar la energía acumulada para volver al equilibrio y la regulación.
La ansiedad como LENGUAJE del cuerpo
La ansiedad es la respuesta del cuerpo a una valoración de peligro (real o no) y una preparación del sistema nervioso para defendernos para atacar, paralizarnos o huir.
La ansiedad es una respuesta automática del cuerpo ante una valoración de peligro, real o percibido. Es la forma en que el sistema nervioso se prepara para protegernos, activando distintas respuestas de defensa: luchar, huir o paralizarnos.
Ansiedad, angustia, fobias o ataques de pánico no son, en el fondo, más que expresiones de una misma emoción básica: el miedo. Un miedo que, en muchas ocasiones, no está ligado a una amenaza externa inmediata, sino a peligros emocionales, relacionales o internos que el cuerpo interpreta como reales.
Desde la perspectiva de la Teoría Polivagal, el sistema nervioso evalúa de manera constante el entorno y los vínculos a través de un proceso inconsciente llamado neurocepción. Cuando esta evaluación detecta falta de seguridad —aunque no seamos conscientes de ello— se activan automáticamente respuestas de protección.
Si durante mucho tiempo ignoramos o desatendemos las señales del cuerpo, este incrementa la intensidad del mensaje. Como una olla a presión que no encuentra salida, la energía acumulada necesita liberarse, y lo hará en forma de síntomas físicos o emocionales cada vez más intensos, buscando ser escuchada.
Principales causas de la ansiedad
Las causas de la ansiedad son múltiples y pueden comprenderse desde distintos enfoques. Desde una mirada integradora —gestáltica y polivagal— destacamos algunas de las más frecuentes:
Anticipación catastrófica
La mente tiene la capacidad de proyectarse hacia el futuro. Cuando esta proyección se vuelve negativa o amenazante, el cuerpo reacciona como si el peligro ya estuviera ocurriendo.
Para el sistema nervioso no hay diferencia entre lo imaginado y lo real. La futurización catastrófica genera emociones de miedo y desamparo que activan respuestas fisiológicas intensas.
Conflicto interno
En muchas ocasiones, la ansiedad surge cuando vivimos dividid@s internamente: una parte desea avanzar y otra necesita frenar; una parte quiere agradar y otra necesita ponerse límites.
En Terapia Gestalt hablamos de polaridades internas. Este conflicto sostenido mantiene al sistema nervioso en estado de alerta, ya que no encuentra una dirección clara ni una sensación de coherencia interna.
Falta de experiencias de seguridad
Desde la Teoría Polivagal sabemos que el sistema nervioso necesita experiencias reales de seguridad, especialmente en el vínculo. Cuando estas han sido escasas o inestables a lo largo de la vida, el cuerpo aprende a mantenerse en alerta como forma de protección.
Cómo acompañar la ansiedad
Desde la Terapia Gestalt y la Teoría Polivagal no buscamos eliminar el síntoma, sino escuchar el mensaje que trae y ayudar al sistema nervioso a recuperar su capacidad de autorregulación.
Volver al presente
La ansiedad nos aleja del aquí y ahora. Habitar el presente permite que el sistema nervioso compruebe que, en este momento, estamos a salvo. Cuando el cuerpo siente seguridad, la activación disminuye.

Escuchar el cuerpo
En lugar de huir o desconectarnos, poner atención a las sensaciones corporales: la respiración, la tensión, el ritmo interno. Sentir sin juzgar permite que el cuerpo se sienta acompañado y reduce la necesidad de intensificar el síntoma.
Activar estados de seguridad
Prácticas sencillas como el contacto con la naturaleza, el movimiento consciente, la respiración pausada, el ritmo, la voz o la conexión con personas seguras ayudan a activar el sistema ventral vagal, asociado a la calma, la conexión y la presencia.
Proceso terapéutico
La terapia ofrece un espacio seguro en el que explorar qué activa nuestra ansiedad, qué partes internas están pidiendo atención y cómo hemos aprendido, a lo largo de la vida, a protegernos.
Desde la perspectiva de la Teoría Polivagal, el propio vínculo terapéutico se convierte en una experiencia profundamente reguladora para el sistema nervioso. Sentirse visto, escuchado y acompañado en un entorno de seguridad permite que el cuerpo salga progresivamente del estado de alerta y recupere su capacidad natural de autorregulación.
En este sentido, la terapia abre dos caminos fundamentales en el trabajo con la ansiedad.
Por un lado, aprender a regular el sistema nervioso, desarrollando recursos que nos ayuden a habitar estados de mayor equilibrio y calma.
Por otro, ampliar la conciencia de la experiencia interna: poner luz sobre aquello que se activa, comprender a qué le tenemos miedo, reconocer las heridas emocionales que sostienen nuestras defensas y darles un lugar.
Porque solo aquello que puede ser reconocido y comprendido puede empezar a sanar.
Este proceso de conciencia y regulación conjunta permite ampliar la ventana de seguridad, favoreciendo una mayor estabilidad interna y una relación más amable y consciente con nuestro cuerpo.




