Tu niña o tu niño interior existe.
Tod@s llevamos dentro una parte sensible, vulnerable y profundamente viva que sigue pidiendo ser vista, escuchada y cuidada. No es una metáfora: es una memoria emocional y corporal que habita dentro de nosotr@s y que a veces lleva el timón de nuestras relaciones.
Desde la Teoría Polivagal, sabemos que nuestras respuestas no nacen solo del pensamiento, sino de cómo el cuerpo evalúa, de forma inconsciente, si el entorno es seguro o amenazante. Esta evaluación —la neurocepción— se formó en gran parte durante la infancia, en el vínculo con quienes nos cuidaron.
Cuando crecimos en un entorno suficientemente seguro, el sistema nervioso aprendió a confiar, a regularse y a volver al equilibrio. Pero cuando el cuidado fue inestable, frío, invasivo, crítico o impredecible, el niño o la niña tuvo que adaptarse para sobrevivir. Así se organizaron respuestas de defensa que hoy reconocemos como trauma relacional.

Ese niño o niña interior no desapareció. Sigue viviendo en nosotr@s y, muchas veces, toma el timón sin que lo notemos. Es el niño o niña herida quien se activa cuando sentimos miedo al abandono, cuando reaccionamos con intensidad desproporcionada, cuando nos paralizamos, complacemos o atacamos para protegernos. En esos momentos, el cuerpo no está en el presente: está reviviendo una amenaza antigua.
Otras veces, en cambio, es el adult@ presente quien lleva las riendas. El adulto que puede observar lo que siente, regular su respiración, poner límites, elegir cómo responder y sostener la emoción sin dejarse arrastrar por ella. Cuando el adulto o adulta está al mando, el sistema nervioso se organiza en estados de mayor seguridad y conexión.
El trabajo terapéutico consiste, en gran parte, en darnos cuenta de quién está conduciendo en cada momento. No se trata de expulsar al niño o la niña, ni de corregirle, sino de escucharle y protegerle desde el ser adulto que somos hoy.
Cuando la parte adulta toma el timón con presencia y amabilidad, el niño o la niña interior puede descansar. El cuerpo deja de vivir en alerta, las defensas se suavizan y se amplía nuestra ventana de tolerancia: esa capacidad de sentir, vincularnos y estar en el mundo sin desbordarnos ni desconectarnos.
Sanar no es empujar la herida para que se cierre,
es habitarla con presencia.
Es que el adult@ que hoy somos
se acerque sin invadir, se quede sin huir, y le diga al niñ@ que fuimos:
Ya no tienes que hacerlo sol@.
Estoy aquí.
No me voy.
Te sostengo.
Las defensas que un día te protegieron
pueden descansar.
El peligro pasó.
Ahora hay tiempo.
Ahora hay cuidado.
Y el cuerpo lo reconoce.
La respiración se ablanda.
El miedo pierde fuerza.
Algo se acomoda por dentro,
el corazón encuentra espacio
y la vida vuelve, despacio,
a sentirse más amable.🌱



