¿POR QUÉ LO LLAMAN AMOR CUANDO…?
(Historia de un secuestro… digo… te voy a contar un cuento)
Hace unos días fui al cine con mis sobrinas. Les propusimos que eligieran qué película querían ver y optaron por La Bella y la Bestia. Yo no conocía bien el argumento y, conforme avanzaba la historia, mi expresión debía debatirse entre la sorpresa y el horror.
La película cuenta la historia de un príncipe egoísta, narcisista, déspota y profundamente violento. Trata con desprecio a su familia, a las personas que trabajan para él y a todo su entorno. Un día aparece una bruja justiciera que decide castigarlo: lo transforma en una bestia para que “aprenda la lección” y convierte a los habitantes del castillo en objetos animados.
Como en todo cuento, existe una forma de romper el hechizo: una mujer de buen corazón deberá enamorarse de la Bestia.
¿POR QUÉ LO LLAMAN AMOR CUANDO DEBERÍAN LLAMARLO SÍNDROME DE ESTOCOLMO?
Y aparece ella. Bella entra en el castillo y es secuestrada. Sí, secuestrada, contra su voluntad. No es una metáfora. Es un rapto.
Los objetos animados —un candelabro parlanchín, una tetera encantadora, un elegante sifonier— se convierten en sus aliados. La cuidan, la protegen… pero no para que escape, sino para que aguante, para que se adapte, para que se enamore de su captor y así todos puedan volver a ser humanos.
Mientras veía la película pensaba:
¿Cómo va a enamorarse alguien de quien la retiene, la grita, la humilla y la amenaza?
Seguro que el guion da un giro y la libera…
En ese momento una de mis sobrinas me pidió que la acompañara al baño. Salimos unos minutos. Al volver, me encontré a Bella paseando por un jardín idílico, intercambiando miradas cómplices con la Bestia.
—¿Qué me he perdido? —pregunté—.
—Nada —me dijeron—.
—¿Sigue secuestrada?
—Sí.
—¿Y está enamorada?
—Sí.
Entonces lo pensé con claridad: esto tiene un nombre.
Síndrome de Estocolmo: reacción psicológica por la cual una persona secuestrada desarrolla un vínculo afectivo con su captor. Suele aparecer cuando la ausencia de violencia extrema es interpretada como un gesto de humanidad. Es un mecanismo de supervivencia, no una historia de amor.
Y no pude evitar preguntarme:
¿Este es el modelo de amor que estamos mostrando a niñas y niños?
¿Que hay que aguantar, comprender, justificar, tener paciencia con quien te hace daño?
¿Que el amor todo lo puede, incluso el secuestro y la violencia?
EL ARQUETIPO DE LA MUJER SALVADORA
La historia no acaba ahí. Al principio, Bella se enfada. Claro: ha sido raptada, maltratada, humillada. Pero poco a poco comienza a empatizar con la Bestia. A comprender su dolor. A desear ayudarlo. A querer salvarlo de sí mismo.

Quiere que deje de ser cruel, violento, frío. Cree que, si lo ama lo suficiente, cambiará.
¿Os suena?
A muchas mujeres, en una cultura patriarcal, se nos ha educado para cuidar, sostener, comprender y salvar. Esto alimenta un tipo de narcisismo muy peligroso: el de la salvadora. La que cree que su valor depende de rescatar al otro.
Pensamientos como:
“Va a cambiar”
“Yo conseguiré que cambie”
“Si dejo de ser bestia gracias a mí, entonces yo valdré”
Y entonces la pregunta es inevitable:
¿Qué precio estás dispuesta a pagar para que el otro cambie?
¿Cuánto puedes aguantar?
¿Cuánto tiempo vas a esperar?
QUERIDAS BELLAS…
Solo hay un camino: cuidarte y salvarte a ti.
El valor no se gana. El valor no se negocia. El valor no existe. Eres quien eres y nadie te da ni te quita valor.
Es mucho más sencillo:
se trata de elegirte,
de dejarte amar por quien sí sabe hacerlo,
y de nutrirte de vínculos donde no tengas que desaparecer para que el otro brille.
En terapia vemos a menudo cómo se reproducen, sin darnos cuenta, estos mismos guiones relacionales. Vínculos donde el miedo se confunde con amor, la dependencia con entrega y el aguante con lealtad. No porque haya algo mal en nosotras, sino porque aprendimos a vincularnos así.
Por eso, el trabajo terapéutico no consiste en juzgar nuestras elecciones pasadas, sino en hacerlas conscientes. Porque solo aquello que puede ser visto, sentido y nombrado puede empezar a transformarse. Cuando ponemos luz sobre nuestros patrones afectivos, el cuerpo deja de vivir en alerta y comienza a recuperar su capacidad de elegir.
La terapia ofrece un espacio seguro para revisar qué modelo de amor habitamos, desde dónde nos vinculamos y qué partes internas seguimos intentando salvar. Un lugar donde aprender a escuchar las señales del cuerpo, diferenciar el amor del miedo y ampliar nuestra sensación interna de seguridad.
Sanar no es cambiar a nadie.
Sanar es dejar de abandonarnos.
Es aprender a elegir relaciones que no nos encierren, sino que nos permitan ser, crecer y respirar.
Y ese camino —el de volver a nosotras— es, quizá, el acto de amor más profundo que podemos hacer.
Con cariño,
Esperanza 🌿


Un imprescindible para la educación de hoy en día. No se puede expresar mejor lo que todavía sigue pesando en las mujeres, así como de «tapadillo». El absurdo sacrificio de la ternura femenina para «ablandar» el impenetrable «cemento» como símbolo de aceptada dureza masculina. Bravoooo Esperanza.
Gracias por tu comentario, Isabel. Tienes toda la razón, la educación es imprescindible y el ejemplo de las mamas y los papas también. A veces podemos estar tan dañadas por el entorno que para poder ser ejemplo de mujeres que se aman y valoran, para nuestras hijas, se hace necesario un trabajo terapéutico.