La duración media de un abrazo entre dos personas suele ser de apenas tres segundos. Sin embargo, investigaciones recientes han descubierto algo profundamente hermoso: cuando un abrazo se prolonga al menos 20 segundos, se produce un auténtico efecto terapéutico en el cuerpo y la mente.
¿Por qué ocurre esto?
Porque un abrazo sincero estimula la liberación de oxitocina, conocida como la hormona del amor. Esta sustancia tiene un impacto directo en nuestra salud física y emocional: favorece la relajación, aumenta la sensación de seguridad, fortalece el vínculo y ayuda a calmar el miedo y la ansiedad.
La oxitocina es, en realidad, un poderoso tranquilizante natural… y además es gratuito. Se libera cada vez que abrazamos de verdad, cuando acunamos a un niño, acariciamos a un perro o a un gato, bailamos con alguien a quien queremos, nos acercamos con presencia o simplemente apoyamos las manos sobre los hombros de un amigo.
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Son gestos sencillos, cotidianos, pero profundamente reguladores. Pequeños actos de contacto que le recuerdan al cuerpo que no está solo, que puede descansar, que está a salvo.
Como señala Nicole Bordeleau, a través de Árbol de Vida, , el contacto consciente tiene la capacidad de devolvernos al presente y de nutrirnos a niveles muy profundos.
Ilustración: El último abrazo
Olga Marciano
Óleo y acrílico sobre lienzo (2008)

