Abrazos de medio minuto

La duración media de un abrazo entre dos personas suele ser de apenas tres segundos. Sin embargo, investigaciones recientes han descubierto algo profundamente hermoso: cuando un abrazo se prolonga al menos 20 segundos, se produce un auténtico efecto terapéutico en el cuerpo y la mente.

¿Por qué ocurre esto?
Porque un abrazo sincero estimula la liberación de oxitocina, conocida como la hormona del amor. Esta sustancia tiene un impacto directo en nuestra salud física y emocional: favorece la relajación, aumenta la sensación de seguridad, fortalece el vínculo y ayuda a calmar el miedo y la ansiedad.

La oxitocina es, en realidad, un poderoso tranquilizante natural… y además es gratuito. Se libera cada vez que abrazamos de verdad, cuando acunamos a un niño, acariciamos a un perro o a un gato, bailamos con alguien a quien queremos, nos acercamos con presencia o simplemente apoyamos las manos sobre los hombros de un amigo.

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Son gestos sencillos, cotidianos, pero profundamente reguladores. Pequeños actos de contacto que le recuerdan al cuerpo que no está solo, que puede descansar, que está a salvo.

Como señala Nicole Bordeleau, a través de Árbol de Vida, , el contacto consciente tiene la capacidad de devolvernos al presente y de nutrirnos a niveles muy profundos.

Ilustración: El último abrazo
Olga Marciano
Óleo y acrílico sobre lienzo (2008)

Poderosas caricias

El lenguaje que calma al sistema nervioso

Nacemos con cinco sentidos, pero hay uno imprescindible para vivir: el tacto.
Desde el primer instante, el cuerpo necesita ser sostenido, tocado, acariciado. La piel es nuestro primer hogar, el lugar donde el sistema nervioso se asoma al mundo y aprende si es seguro o no habitarlo.

El psicoterapeuta Claude Steiner hablaba de la economía de las caricias: crecemos y nos desarrollamos en función de la cantidad y la calidad del afecto recibido. Las caricias no son un extra; son nutriente emocional.

La ciencia lo confirma: la ausencia de contacto afecta al desarrollo, debilita la salud y empobrece la vida emocional. Cuando no hay suficientes experiencias de cuidado, el cuerpo entra en alerta, buscando a toda costa lo que necesita para sobrevivir.

Desde la Teoría Polivagal, el contacto amoroso activa el sistema vagal ventral: le dice al cuerpo “estás a salvo”. Una caricia, un abrazo, una presencia cálida regulan el sistema nervioso, calman la ansiedad y devuelven el equilibrio. El cuerpo se relaja, la respiración se amplía, la vida vuelve a fluir.

Desde la Terapia Gestalt, el contacto es encuentro. A veces una mano, un abrazo o una mirada sostienen más que cualquier palabra. Cuando el cuerpo es escuchado, deja de gritar.

No solo sufre quien no recibe caricias; también quien no se permite darlas. Reprimir el contacto y la expresión emocional tiene un alto coste interno: aislamiento, tensión, desconexión.

Quizá por eso los animales nos sanan tanto: nos ofrecen contacto sincero, constante, sin condiciones. Presencia pura.

La invitación es sencilla y profunda:


Quizá no se trate de aprender nada nuevo,
sino de recordar.

Recordar que el cuerpo entiende antes que la mente.
Que una caricia sincera puede decir “estás a salvo”
cuando las palabras no alcanzan.

Darnos permiso para el contacto
—con presencia, con respeto, con cuidado—
es volver a habitarnos.
Es permitir que el sistema nervioso descanse,
que el miedo se ablande,
que la vida vuelva a sentirse posible.

Porque cuando el cuerpo se siente sostenido,
ya no necesita defenderse.
Y en ese descanso,
algo profundo empieza a sanar 🤍