CREENCIAS LIMITANTES: ¿Qué son? ¿Cómo se forman?

Al nacer, somos como un libro en blanco que comienza a llenarse con la información que recibimos de nuestro entorno familiar, escolar y social. A partir de esas experiencias se va configurando un sistema de creencias sobre cómo es el mundo y sobre quiénes somos. Este sistema nos ayuda a adaptarnos, a comprender la realidad y a sobrevivir.

Sin embargo, ese mismo sistema de creencias funciona también como un programa interno con límites. Muchas de las creencias que incorporamos pueden ser valiosas y protectoras, pero otras —por antiguas, imprecisas o heredadas— terminan restringiendo nuestras capacidades y nuestro desarrollo personal.

Durante los primeros años de vida, aproximadamente entre los 0 y los 6/8 años, l@s niñ@s se encuentran predominantemente en estados cerebrales Delta y Theta. Es un estado similar al trance, en el que la información se absorbe de manera directa, sin filtros ni cuestionamientos. La mente racional, asociada a las ondas Alfa y Beta, comienza a desarrollarse más tarde, a partir de los 6/8 años.

Es precisamente en esta etapa temprana cuando se produce la socialización: cuando “nos educan” para aprender cómo comportarnos, sentir y pensar en sociedad.

El problema es que este software infantil no refleja la realidad en su totalidad, sino que construye una visión parcial tanto del mundo como de nuestra identidad. De hecho, muchas de las creencias que sostenemos en la vida adulta no son verdaderamente nuestras, sino programas que fueron grabados por figuras de referencia cuando aún no teníamos la capacidad de razonar o elegir conscientemente.

Nuestro cerebro, además, está diseñado para confirmar aquello que creemos. El pensamiento es creador: lo que creemos acaba moldeando lo que percibimos, sentimos y experimentamos. Creamos nuestra realidad tanto desde la mente consciente como desde la subconsciente.

Se estima que entre el 95 y el 98 % de nuestras conductas y actitudes están dirigidas por la mente subconsciente. Por eso, en ocasiones, aunque deseemos con fuerza alcanzar una meta y pongamos voluntad y esfuerzo en ello, no lo logramos. A menudo, la causa es la presencia de una o varias creencias limitantes a nivel subconsciente, como:
“no soy capaz”, “no valgo para esto”, “no lo merezco”, entre otras.

Identificar las creencias subconscientes que nos condicionan resulta fundamental para poder avanzar, crecer y alcanzar nuestras metas vitales.

Y es aquí donde cobran sentido las herramientas que ¨trabajan a nivel sub-consciente como Kine, Psych-K®, EMDR, TIC, un enfoque que permite cambiar aquello que nos limita, liberando viejos programas internos y facilitando un desarrollo más pleno, coherente, consciente y liberador.

ANSIEDAD: Una mirada desde la teoría polivagal.

La ansiedad es una experiencia humana, natural y universal. Todas las personas la sentimos en algún momento de nuestra vida. No es un fallo ni una debilidad, sino una respuesta automática del sistema nervioso cuya función principal es protegernos.

Desde la Teoría Polivagal, entendemos la ansiedad como una activación del sistema nervioso simpático, el sistema encargado de prepararnos para la acción cuando detecta peligro. Esta activación nos permite reaccionar con rapidez ante una amenaza, estar alertas, concentrarnos y responder eficazmente.

El problema no es la ansiedad en sí, sino cuando el sistema nervioso permanece activado de forma sostenida, incluso en contextos que no son realmente peligrosos. En estos casos, el cuerpo vive en un estado de alerta constante que termina generando malestar y agotamiento.

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Cuando esta activación se mantiene en el tiempo o aumenta en intensidad, puede transformarse en angustia, con síntomas físicos como taquicardia, sensación de ahogo, sudoración, mareo o temblores. En su expresión más intensa aparecen las crisis de ansiedad o ataques de pánico, experiencias muy desbordantes que el cuerpo vive como una amenaza extrema pero que en realidad se trata de nuestro sistema nervioso intentando descargar la energía acumulada para volver al equilibrio y la regulación.


La ansiedad como LENGUAJE del cuerpo

La ansiedad es la respuesta del cuerpo a una valoración de peligro (real o no) y una preparación del sistema nervioso para defendernos para atacar, paralizarnos o huir.

La ansiedad es una respuesta automática del cuerpo ante una valoración de peligro, real o percibido. Es la forma en que el sistema nervioso se prepara para protegernos, activando distintas respuestas de defensa: luchar, huir o paralizarnos.

Ansiedad, angustia, fobias o ataques de pánico no son, en el fondo, más que expresiones de una misma emoción básica: el miedo. Un miedo que, en muchas ocasiones, no está ligado a una amenaza externa inmediata, sino a peligros emocionales, relacionales o internos que el cuerpo interpreta como reales.

Desde la perspectiva de la Teoría Polivagal, el sistema nervioso evalúa de manera constante el entorno y los vínculos a través de un proceso inconsciente llamado neurocepción. Cuando esta evaluación detecta falta de seguridad —aunque no seamos conscientes de ello— se activan automáticamente respuestas de protección.

Si durante mucho tiempo ignoramos o desatendemos las señales del cuerpo, este incrementa la intensidad del mensaje. Como una olla a presión que no encuentra salida, la energía acumulada necesita liberarse, y lo hará en forma de síntomas físicos o emocionales cada vez más intensos, buscando ser escuchada.


Principales causas de la ansiedad

Las causas de la ansiedad son múltiples y pueden comprenderse desde distintos enfoques. Desde una mirada integradora —gestáltica y polivagal— destacamos algunas de las más frecuentes:

Anticipación catastrófica

La mente tiene la capacidad de proyectarse hacia el futuro. Cuando esta proyección se vuelve negativa o amenazante, el cuerpo reacciona como si el peligro ya estuviera ocurriendo.

Para el sistema nervioso no hay diferencia entre lo imaginado y lo real. La futurización catastrófica genera emociones de miedo y desamparo que activan respuestas fisiológicas intensas.

Conflicto interno

En muchas ocasiones, la ansiedad surge cuando vivimos dividid@s internamente: una parte desea avanzar y otra necesita frenar; una parte quiere agradar y otra necesita ponerse límites.

En Terapia Gestalt hablamos de polaridades internas. Este conflicto sostenido mantiene al sistema nervioso en estado de alerta, ya que no encuentra una dirección clara ni una sensación de coherencia interna.

Falta de experiencias de seguridad

Desde la Teoría Polivagal sabemos que el sistema nervioso necesita experiencias reales de seguridad, especialmente en el vínculo. Cuando estas han sido escasas o inestables a lo largo de la vida, el cuerpo aprende a mantenerse en alerta como forma de protección.


Cómo acompañar la ansiedad

Desde la Terapia Gestalt y la Teoría Polivagal no buscamos eliminar el síntoma, sino escuchar el mensaje que trae y ayudar al sistema nervioso a recuperar su capacidad de autorregulación.

Volver al presente

La ansiedad nos aleja del aquí y ahora. Habitar el presente permite que el sistema nervioso compruebe que, en este momento, estamos a salvo. Cuando el cuerpo siente seguridad, la activación disminuye.

Escuchar el cuerpo

En lugar de huir o desconectarnos, poner atención a las sensaciones corporales: la respiración, la tensión, el ritmo interno. Sentir sin juzgar permite que el cuerpo se sienta acompañado y reduce la necesidad de intensificar el síntoma.

Activar estados de seguridad

Prácticas sencillas como el contacto con la naturaleza, el movimiento consciente, la respiración pausada, el ritmo, la voz o la conexión con personas seguras ayudan a activar el sistema ventral vagal, asociado a la calma, la conexión y la presencia.

Proceso terapéutico

La terapia ofrece un espacio seguro en el que explorar qué activa nuestra ansiedad, qué partes internas están pidiendo atención y cómo hemos aprendido, a lo largo de la vida, a protegernos.

Desde la perspectiva de la Teoría Polivagal, el propio vínculo terapéutico se convierte en una experiencia profundamente reguladora para el sistema nervioso. Sentirse visto, escuchado y acompañado en un entorno de seguridad permite que el cuerpo salga progresivamente del estado de alerta y recupere su capacidad natural de autorregulación.

En este sentido, la terapia abre dos caminos fundamentales en el trabajo con la ansiedad.
Por un lado, aprender a regular el sistema nervioso, desarrollando recursos que nos ayuden a habitar estados de mayor equilibrio y calma.
Por otro, ampliar la conciencia de la experiencia interna: poner luz sobre aquello que se activa, comprender a qué le tenemos miedo, reconocer las heridas emocionales que sostienen nuestras defensas y darles un lugar.

Porque solo aquello que puede ser reconocido y comprendido puede empezar a sanar.
Este proceso de conciencia y regulación conjunta permite ampliar la ventana de seguridad, favoreciendo una mayor estabilidad interna y una relación más amable y consciente con nuestro cuerpo.

Arte y Movimiento para el desarrollo personal

En septiembre… después del verano… queremos MOVIMIENTO.

¡Abierta y gratuita! Jueves 14 a las 19h (Plazas limitadas)

Música, pintura, danza, movimiento…
Se trata de disfrutar. Se trata de parar la mente. Se trata de conectar con el cuerpo. Escucharte, expresarte, conocerte. Se trata de encontrarte más allá de la idea que tienes de ti. Una herramienta de mindfulness en movimiento para el desarrollo y crecimiento personal. ¿Quieres?

La Bella y la Bestia.

¿POR QUÉ LO LLAMAN AMOR CUANDO…?

(Historia de un secuestro… digo… te voy a contar un cuento)

Hace unos días fui al cine con mis sobrinas. Les propusimos que eligieran qué película querían ver y optaron por La Bella y la Bestia. Yo no conocía bien el argumento y, conforme avanzaba la historia, mi expresión debía debatirse entre la sorpresa y el horror.

La película cuenta la historia de un príncipe egoísta, narcisista, déspota y profundamente violento. Trata con desprecio a su familia, a las personas que trabajan para él y a todo su entorno. Un día aparece una bruja justiciera que decide castigarlo: lo transforma en una bestia para que “aprenda la lección” y convierte a los habitantes del castillo en objetos animados.

Como en todo cuento, existe una forma de romper el hechizo: una mujer de buen corazón deberá enamorarse de la Bestia.


¿POR QUÉ LO LLAMAN AMOR CUANDO DEBERÍAN LLAMARLO SÍNDROME DE ESTOCOLMO?

Y aparece ella. Bella entra en el castillo y es secuestrada. Sí, secuestrada, contra su voluntad. No es una metáfora. Es un rapto.

Los objetos animados —un candelabro parlanchín, una tetera encantadora, un elegante sifonier— se convierten en sus aliados. La cuidan, la protegen… pero no para que escape, sino para que aguante, para que se adapte, para que se enamore de su captor y así todos puedan volver a ser humanos.

Mientras veía la película pensaba:
¿Cómo va a enamorarse alguien de quien la retiene, la grita, la humilla y la amenaza?
Seguro que el guion da un giro y la libera…

En ese momento una de mis sobrinas me pidió que la acompañara al baño. Salimos unos minutos. Al volver, me encontré a Bella paseando por un jardín idílico, intercambiando miradas cómplices con la Bestia.

—¿Qué me he perdido? —pregunté—.
—Nada —me dijeron—.
—¿Sigue secuestrada?
—Sí.
—¿Y está enamorada?
—Sí.

Entonces lo pensé con claridad: esto tiene un nombre.

Síndrome de Estocolmo: reacción psicológica por la cual una persona secuestrada desarrolla un vínculo afectivo con su captor. Suele aparecer cuando la ausencia de violencia extrema es interpretada como un gesto de humanidad. Es un mecanismo de supervivencia, no una historia de amor.

Y no pude evitar preguntarme:
¿Este es el modelo de amor que estamos mostrando a niñas y niños?
¿Que hay que aguantar, comprender, justificar, tener paciencia con quien te hace daño?
¿Que el amor todo lo puede, incluso el secuestro y la violencia?


EL ARQUETIPO DE LA MUJER SALVADORA

La historia no acaba ahí. Al principio, Bella se enfada. Claro: ha sido raptada, maltratada, humillada. Pero poco a poco comienza a empatizar con la Bestia. A comprender su dolor. A desear ayudarlo. A querer salvarlo de sí mismo.

Quiere que deje de ser cruel, violento, frío. Cree que, si lo ama lo suficiente, cambiará.

¿Os suena?

A muchas mujeres, en una cultura patriarcal, se nos ha educado para cuidar, sostener, comprender y salvar. Esto alimenta un tipo de narcisismo muy peligroso: el de la salvadora. La que cree que su valor depende de rescatar al otro.

Pensamientos como:
“Va a cambiar”
“Yo conseguiré que cambie”
“Si dejo de ser bestia gracias a mí, entonces yo valdré”

Y entonces la pregunta es inevitable:
¿Qué precio estás dispuesta a pagar para que el otro cambie?
¿Cuánto puedes aguantar?
¿Cuánto tiempo vas a esperar?


QUERIDAS BELLAS…

Solo hay un camino: cuidarte y salvarte a ti.

El valor no se gana. El valor no se negocia. El valor no existe. Eres quien eres y nadie te da ni te quita valor.

Es mucho más sencillo:
se trata de elegirte,
de dejarte amar por quien sí sabe hacerlo,
y de nutrirte de vínculos donde no tengas que desaparecer para que el otro brille.

En terapia vemos a menudo cómo se reproducen, sin darnos cuenta, estos mismos guiones relacionales. Vínculos donde el miedo se confunde con amor, la dependencia con entrega y el aguante con lealtad. No porque haya algo mal en nosotras, sino porque aprendimos a vincularnos así.

Por eso, el trabajo terapéutico no consiste en juzgar nuestras elecciones pasadas, sino en hacerlas conscientes. Porque solo aquello que puede ser visto, sentido y nombrado puede empezar a transformarse. Cuando ponemos luz sobre nuestros patrones afectivos, el cuerpo deja de vivir en alerta y comienza a recuperar su capacidad de elegir.

La terapia ofrece un espacio seguro para revisar qué modelo de amor habitamos, desde dónde nos vinculamos y qué partes internas seguimos intentando salvar. Un lugar donde aprender a escuchar las señales del cuerpo, diferenciar el amor del miedo y ampliar nuestra sensación interna de seguridad.

Sanar no es cambiar a nadie.
Sanar es dejar de abandonarnos.
Es aprender a elegir relaciones que no nos encierren, sino que nos permitan ser, crecer y respirar.

Y ese camino —el de volver a nosotras— es, quizá, el acto de amor más profundo que podemos hacer.

Con cariño,
Esperanza 🌿

Abrazos de medio minuto

La duración media de un abrazo entre dos personas suele ser de apenas tres segundos. Sin embargo, investigaciones recientes han descubierto algo profundamente hermoso: cuando un abrazo se prolonga al menos 20 segundos, se produce un auténtico efecto terapéutico en el cuerpo y la mente.

¿Por qué ocurre esto?
Porque un abrazo sincero estimula la liberación de oxitocina, conocida como la hormona del amor. Esta sustancia tiene un impacto directo en nuestra salud física y emocional: favorece la relajación, aumenta la sensación de seguridad, fortalece el vínculo y ayuda a calmar el miedo y la ansiedad.

La oxitocina es, en realidad, un poderoso tranquilizante natural… y además es gratuito. Se libera cada vez que abrazamos de verdad, cuando acunamos a un niño, acariciamos a un perro o a un gato, bailamos con alguien a quien queremos, nos acercamos con presencia o simplemente apoyamos las manos sobre los hombros de un amigo.

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Son gestos sencillos, cotidianos, pero profundamente reguladores. Pequeños actos de contacto que le recuerdan al cuerpo que no está solo, que puede descansar, que está a salvo.

Como señala Nicole Bordeleau, a través de Árbol de Vida, , el contacto consciente tiene la capacidad de devolvernos al presente y de nutrirnos a niveles muy profundos.

Ilustración: El último abrazo
Olga Marciano
Óleo y acrílico sobre lienzo (2008)

Poderosas caricias

El lenguaje que calma al sistema nervioso

Nacemos con cinco sentidos, pero hay uno imprescindible para vivir: el tacto.
Desde el primer instante, el cuerpo necesita ser sostenido, tocado, acariciado. La piel es nuestro primer hogar, el lugar donde el sistema nervioso se asoma al mundo y aprende si es seguro o no habitarlo.

El psicoterapeuta Claude Steiner hablaba de la economía de las caricias: crecemos y nos desarrollamos en función de la cantidad y la calidad del afecto recibido. Las caricias no son un extra; son nutriente emocional.

La ciencia lo confirma: la ausencia de contacto afecta al desarrollo, debilita la salud y empobrece la vida emocional. Cuando no hay suficientes experiencias de cuidado, el cuerpo entra en alerta, buscando a toda costa lo que necesita para sobrevivir.

Desde la Teoría Polivagal, el contacto amoroso activa el sistema vagal ventral: le dice al cuerpo “estás a salvo”. Una caricia, un abrazo, una presencia cálida regulan el sistema nervioso, calman la ansiedad y devuelven el equilibrio. El cuerpo se relaja, la respiración se amplía, la vida vuelve a fluir.

Desde la Terapia Gestalt, el contacto es encuentro. A veces una mano, un abrazo o una mirada sostienen más que cualquier palabra. Cuando el cuerpo es escuchado, deja de gritar.

No solo sufre quien no recibe caricias; también quien no se permite darlas. Reprimir el contacto y la expresión emocional tiene un alto coste interno: aislamiento, tensión, desconexión.

Quizá por eso los animales nos sanan tanto: nos ofrecen contacto sincero, constante, sin condiciones. Presencia pura.

La invitación es sencilla y profunda:


Quizá no se trate de aprender nada nuevo,
sino de recordar.

Recordar que el cuerpo entiende antes que la mente.
Que una caricia sincera puede decir “estás a salvo”
cuando las palabras no alcanzan.

Darnos permiso para el contacto
—con presencia, con respeto, con cuidado—
es volver a habitarnos.
Es permitir que el sistema nervioso descanse,
que el miedo se ablande,
que la vida vuelva a sentirse posible.

Porque cuando el cuerpo se siente sostenido,
ya no necesita defenderse.
Y en ese descanso,
algo profundo empieza a sanar 🤍

Cuento de lobos

Cuento de lobos

Una tarde una anciana mujer Cherokee le habló a su nieta sobre la lucha que mora en el interior de las personas. La anciana le habló: «Mi querida nieta, la batalla entre dos lobos existe en el interior de todos nosotros. Uno es egoísta y miedoso. Es rabia, envidia, celos, tristeza, remordimiento, avaricia, arrogancia, deseo, auto-compasión, resentimiento, inferioridad, mentiras, falsedad, orgullo, superioridad, y ego.

El otro es generoso y valiente. Es paz, amor, gozo, esperanza, serenidad, humildad, bondad, empatía, generosidad, verdad, compasión y fe.»

Su nieta reflexionó sobre esto unos instantes y después preguntó:»¿Cuál de los lobos gana?»

«Aquel que más alimentes,» contestó la anciana.